Libro en línea
Fijación en la Autoimagen
Cierre

Epílogo

El fenómeno de la fijación en la autoimagen es tan ubicuo que la prolongada ausencia de una descripción sistemática me sorprendió al principio. Resultó que el conocimiento estaba sencillamente disperso entre disciplinas que no se cruzaban: la neurofisiología, la práctica clínica, la teoría de la comunicación y el diseño de interfaces. Este libro es un intento de armar el rompecabezas. Naturalmente, no es exhaustivo. La neurofisiología de la FAI es un campo joven, y he procurado demarcar con claridad la frontera donde terminan los datos sólidos de la investigación y empiezan las hipótesis bien fundadas.

Lo que espero que posea utilidad práctica hoy es el concepto del "tercer canal" y la tipología de motivos para fijarse en la propia imagen. No es una herramienta diagnóstica estricta, sino más bien un navegador para el autoconocimiento. Su propósito es sustituir el inútil consejo de "simplemente no te mires" por la capacidad de hacerse la pregunta correcta: ¿Qué es exactamente lo que me impide apartar la vista en este momento? La escala de evaluación rápida FAI-7 que se ofrece al final de la Parte I es un intento de volver medible el proceso del secuestro de la atención: una herramienta básica de cribado. Una vez que nombramos un fenómeno y le asignamos un valor numérico, se vuelve mucho más fácil de manejar.

Las videollamadas se han convertido en nuestro formato básico de comunicación. Un colega mío bromea desde hace tiempo con que divide sus sesiones de terapia en "normales" y "fuera de línea". El objetivo no es abandonar la videoconferencia por completo, sino trasladar el uso de la autoimagen de un automatismo irreflexivo impuesto por la interfaz al terreno de la elección consciente.

Yo personalmente desactivé mi autoimagen hace mucho tiempo. Los únicos efectos secundarios son comentarios ocasionales de que me he salido del encuadre, pero a cambio tengo cero ansiedad por que el tiempo pagado de mi cliente se esté dilapidando en mi propio automonitoreo. Mientras trabajaba en este libro, incluso empecé a sugerirles a algunos clientes que ocultaran su autoimagen durante nuestras sesiones. Aunque nunca esperamos una transformación drástica, en muchos casos el efecto es inmediato y muy revelador. Con la ventana oculta, el cliente deja de ser un espectador de su propio malestar; deja de pensar en cómo se ve mientras describe su dolor. Recupera el derecho a simplemente hablar de sí mismo, experimentando su dolor de dentro hacia fuera, en lugar de evaluarlo de fuera hacia dentro.

Y el derecho a ser el sujeto de la comunicación, en lugar del objeto de la observación, es una necesidad humana fundamental, no solo en psicoterapia, sino en cualquier interacción cotidiana. Cuando ocultamos el espejo digital, el enorme recurso cognitivo antes devorado por el "tercer canal" se devuelve por entero a exactamente donde corresponde: el contenido del diálogo y el contacto humano genuino y vivo.