Libro en línea
Fijación en la Autoimagen

Introducción

La Fijación en la Autoimagen como experimento psicológico masivo

Crecimiento explosivo durante la COVID

En diciembre de 2019, Zoom tenía diez millones de usuarios diarios. En abril de 2020, esa cifra había alcanzado los 300 millones [3]. Durante los primeros cuatro meses de la pandemia de COVID-19, cientos de millones de personas se vieron en una situación sin precedentes: durante horas cada día, contemplaban su propio rostro mientras se comunicaban con los demás.

La ciencia ficción de generaciones pasadas había predicho desde hacía tiempo la llegada de las videollamadas. Se las imaginó en 1984 de Orwell, en Star Trek y en la literatura clásica de ciencia ficción de mediados del siglo XX. Sin embargo, ni en el cine ni en los libros nadie anticipó el detalle concreto que aquí nos ocupa: el interlocutor siempre ocupaba la pantalla entera. A ningún autor de ciencia ficción se le ocurrió colocar una pequeña ventana con el propio rostro del hablante en la esquina del videoteléfono. Los ingenieros y diseñadores que construyeron las interfaces de videoconferencia añadieron esta función por comodidad técnica: para asegurarse de que la cámara funcionaba, la iluminación era adecuada y el usuario estaba encuadrado. La función venía activada por defecto y, sencillamente, nunca se desactivó.

Como resultado, una solución puramente técnica se convirtió en un experimento masivo e incontrolado sobre la atención humana.

Cuatro fuentes de fatiga

En 2021, Jeremy Bailenson, profesor de la Universidad de Stanford y director fundador del Virtual Human Interaction Lab, quien ha hecho una contribución inmensa a la psicología de la comunicación por video, propuso una explicación sistémica de la llamada "fatiga de Zoom". Identificó cuatro causas principales [4].

La primera es el exceso de contacto visual a corta distancia: los rostros en la pantalla se sitúan dentro de nuestro "espacio íntimo" (a menos de 60 centímetros, según la proxémica de Edward Hall), lo que genera para el cerebro una señal constante de alta intensidad social. La segunda es la movilidad restringida: la necesidad de permanecer dentro del campo de visión de la cámara nos priva de la posibilidad de movernos, gesticular con libertad o apartar la mirada. La tercera es la carga cognitiva de la comunicación no verbal: en una videollamada tenemos que asentir de forma exagerada para confirmar que entendemos y descifrar reacciones retardadas por la latencia del audio (un recurso recurrente en los sketches de comedia).

La cuarta causa de la fatiga de Zoom es observar el propio rostro. Bailenson la formuló como un experimento mental: imagina que, a lo largo de toda tu jornada laboral, sobre todo durante las reuniones, alguien te sigue a todas partes sosteniendo un espejo [4]. Es precisamente de la metáfora de Bailenson de donde nació este libro y su concepto central.

La observación del propio rostro como causa de la fatiga de Zoom resultó ser la menos estudiada, la menos reconocida por los usuarios y, sin embargo, la más fácil de eliminar. Para abordar las tres primeras causas tendríamos que cambiar por completo nuestra cultura de trabajo. La cuarta puede eliminarse, en esencia, con solo pulsar un botón. Pero incluso para emprender una acción tan simple, primero hay que advertir el problema y reconocer que es más grave de lo que parece.

Para ayudarte a medir hasta qué punto tu atención queda atrapada por este "espejo digital", hemos incluido la escala de evaluación rápida FAI-7 al final de la Parte I. Te ayudará a evaluar tu propio grado de Fijación en la Autoimagen.

El tercer canal de comunicación

Esta es la idea central del libro.

Durante aproximadamente 300 000 años —desde la aparición del Homo sapiens—, los seres humanos se han comunicado a través de dos canales. El primero es el contenido: palabras, argumentos, ideas. El segundo son las señales no verbales del interlocutor: expresiones faciales, gestos, entonación, postura. Todo el aparato cognitivo que facilita la interacción social —desde las neuronas espejo hasta la teoría de la mente— evolucionó para procesar precisamente estos dos canales.

La videoconferencia introdujo un tercer canal, un tercer participante en la comunicación: tu propio rostro.

Como este canal no está anticipado por la evolución, no existe un circuito neuronal establecido para él, ningún mecanismo de supresión automática y, en esencia, ningún "interruptor de apagado". No solo nos roba una parte de nuestros limitados recursos cognitivos, sino que además redirige por completo el foco de nuestra conciencia. En lugar de "Me estoy comunicando con esta persona", la mente se ocupa de "Me estoy observando a mí mismo comunicándome con esta persona". El individuo pasa de ser el sujeto de la comunicación a ser también su objeto: aquel a quien se mira. Ya no es solo una interacción; se convierte en una comunicación recubierta de una conciencia "post-post" y "meta-meta".

Todo lo que se describe en este libro es consecuencia de la aparición de este tercer canal (y, como demostraremos, completamente superfluo): la ansiedad por la evaluación, la dismorfia, el agotamiento, la pérdida de empatía y la disociación. Las personas reaccionan ante él de maneras distintas, pero, de un modo u otro, afecta a todo el mundo.

Los espejos siempre han cambiado la conducta

La idea de que los espejos influyen en la conducta no es nueva. La psicología experimental lleva más de cincuenta años estudiando este efecto. En 1972, Shelley Duval y Robert Wicklund formularon la Teoría de la Autoconciencia Objetiva: cuando una persona ve su reflejo, su atención se desplaza hacia dentro, lo que desencadena una comparación automática entre el "yo real" y el "yo ideal", y la discrepancia resultante provoca malestar [5]. Este modelo, por cierto, guarda una fuerte resonancia con las ideas de Lev Vygotsky sobre el origen social de la autoconciencia.

En 1976, Edward Diener y Mark Wallbom realizaron un experimento en el que se dio a estudiantes que consideraban poco ético hacer trampa la oportunidad de saltarse las reglas. Sin espejo, hizo trampa el 71 %. Con un espejo presente, solo el 7 % [6]. En 1979, Arthur Beaman y sus colegas estudiaron a 363 niños en Halloween: sin espejo, el 34 % de los niños cogió caramelos de más de un cuenco, pero cuando se colocó un espejo detrás del cuenco, solo lo hizo el 9 % [7]. Estudios posteriores demostraron que los espejos modifican la conducta alimentaria, amplifican o suprimen las emociones (según el contexto), afectan a la autoeficacia durante el esfuerzo físico y aumentan la probabilidad de actos prosociales [8]. Algunos de estos experimentos todavía se replican cada año en los departamentos de psicología para trabajos de fin de curso y tesis.

En todos estos estudios, el contacto con el espejo duró solo unos minutos. La psicología del siglo XX no tenía datos sobre lo que le ocurre a la atención y a la autopercepción cuando un espejo se convierte en una parte inevitable, de horas de duración, de la rutina laboral diaria. Mientras tanto, la autoimagen en una videollamada es exactamente esa clase de espejo: "crónico", es decir, continuo e incrustado en el flujo de trabajo. Qué le ocurre a la atención, a las emociones y a la autopercepción en ese estado es el tema de la primera parte de este libro.

Primeros encuentros con el fenómeno

Por pura casualidad, este problema entró en mi campo de interés mucho antes de su crecimiento explosivo, allá por mediados de la década de 2000. Estaba terminando mis estudios de posgrado y daba clases en la Universidad Estatal de Moscú, y mi vida giraba en torno a la calle Mojovaya, entre las facultades de periodismo y de psicología. Skype con videollamada acababa de aparecer (aunque todavía era una novedad), y un socio y yo decidimos lanzar un centro de orientación psicológica en línea. Un formato que hoy parece de lo más cotidiano fue recibido entonces con un escepticismo notable y no encontró demanda.

Sin embargo, al probar el proceso —por comodidad, colocábamos al cliente y al terapeuta en habitaciones contiguas— observamos un patrón curioso: casi todos los participantes miraban la ventana con su propia imagen mucho más de lo que miraban al psicólogo. Pero los propios psicólogos también revisaban constantemente su propia imagen si tenían esa opción disponible.

El contacto terapéutico —el recurso más valioso en psicoterapia— se veía minado por un pequeño rectángulo en la esquina de la pantalla. Un terapeuta que en una sesión presencial está completamente concentrado en el cliente descubría de pronto que, en una videollamada, una parte de su atención se fugaba hacia la ventana de la autoimagen. "¿Por qué he puesto esa cara?" "A ver, las cejas fruncidas... ¿parezco lo bastante empático?". En lugar de limitarse a escuchar y observar al cliente, el terapeuta se observaba a sí mismo mientras escuchaba al cliente.

Tras haber vivido esta experiencia, cuando la pandemia llegó década y media después y cientos de millones de personas migraron a Zoom simultáneamente, me resultó fácil ver que se estaba produciendo un cambio enorme en la forma en que los seres humanos experimentan la comunicación. La gente empezó a sufrir una ansiedad generalizada por aspectos físicos que nunca antes les habían molestado. Reservaban procedimientos estéticos tras ver su nariz desde un ángulo poco favorecedor. Se sentían exhaustos después de reuniones en las que apenas habían hablado. Perdían el contacto con sus interlocutores, con su propio cuerpo e incluso con la sensación de estar plenamente presentes en el aquí y el ahora.

Empecé a reunir investigaciones, a buscar mecanismos y a sistematizar las observaciones de mi práctica clínica. Resultó que el fundamento científico de este fenómeno ya existía —disperso entre la neurofisiología, la psicología clínica, la dermatología y la HCI (interacción persona-computadora)—, pero aún no se había sintetizado. Este libro es un intento de reunirlo todo.

Navegador de contenidos

No tienes por qué leer este libro de la primera página a la última. Según lo que necesites en este momento, hay tres puntos de entrada.

Si necesitas actuar de inmediato, empieza por el Capítulo 12 (El Protocolo), que contiene recomendaciones concretas: qué puedes hacer tú mismo, qué sugerir a tu equipo y qué exigir a los desarrolladores de las plataformas de videoconferencia. Una regla que puedes aplicar hoy mismo: cuando hablas, la autoimagen es aceptable; cuando escuchas, ocúltala. Pero lo más seguro es apagarla por completo y dejarla apagada. Una vez apagados los incendios, vuelve al resto del libro.

Si primero quieres entender los mecanismos, lee la Parte I entera. Responde a la pregunta "¿Por qué funciona así el cerebro?" y está escrita con respeto a los cánones de la buena comunicación científica para que su lectura resulte amena. Consta de tres capítulos: qué les hacen los espejos a las personas (experimentos clásicos), cómo la autoimagen captura la atención (neurobiología) y cómo desplaza la conciencia de sujeto a objeto (círculos viciosos).

Si quieres entenderte a ti mismo y a los demás, ve a los capítulos de la Parte II. Cada uno de sus siete capítulos detalla un motivo distinto de Fijación en la Autoimagen. Encuentra el tuyo con ayuda de las pistas que figuran a continuación.

Mapa de los motivos internos de la Fijación en la Autoimagen

Lee los pensamientos y frases de cada bloque. Si alguno resuena contigo, ese es tu capítulo.

→ Capítulo 4. El Controlador. "Si no vigilo constantemente mis expresiones faciales y no me reviso, podría parecer enfadado, aburrido o tonto, y eso no traerá nada bueno." "Me siento más tranquilo cuando puedo ver cómo me veo."

→ Capítulo 5. El que se Esconde. "Me agota tanto el flujo de rostros ajenos en la pantalla que me resulta más fácil y agradable mirarme a mí mismo." "Mi pequeña ventana es el único lugar seguro en una llamada con diez colegas; siento que estoy a solas conmigo."

→ Capítulo 6. El Objetivado. "Salgo peor en la cámara que en el espejo." "Noto defectos que nunca había visto: mi nariz, las ojeras, la asimetría facial." "Durante y después de las videollamadas me siento poco atractivo."

→ Capítulo 7. El que Actúa. "Intento parecer lo más profesional posible ante la cámara: la postura correcta, las expresiones correctas, el fondo correcto." "¿Mi sonrisa es demasiado forzada? ¿Mis ojos parecen lo bastante interesados? ¡Tienen que creerse mi entusiasmo!" "Para mí es importante causar una buena impresión, y la autoimagen me ayuda a controlar eso." "Después de las llamadas me siento como si acabara de interpretar un papel en el Teatro Bolshói."

→ Capítulo 8. El que Salva la Cara. "Tengo miedo de que mi reacción sea inapropiada y todos lo noten." "La gente verá que no estoy mirando a la pantalla; pensarán que es una falta de respeto y se ofenderán. Y apagar la cámara es prácticamente como no estar ahí." "Vigilo mis expresiones faciales para no romper la armonía de la interacción."

→ Capítulo 9. El Fascinado. "Sinceramente, me gusta verme en la pantalla." "A veces me sorprendo mirando mi reflejo y no siento ansiedad ni vergüenza; simplemente es agradable." "Quizá soy un poco narcisista, pero no estoy seguro de que eso sea un problema."

→ Capítulo 10. El Desbordado. "Mis ojos se pegan solos a mi propio rostro, aunque no quiera mirarlo." "Me cuesta mucho escuchar a la gente en las videollamadas; mi atención no para de irse." "Tengo un diagnóstico de TDAH (o algunos rasgos de déficit de atención), y la cámara lo empeora todo."

No todos los lectores encajarán limpiamente en un solo bloque. Los motivos pueden combinarse y cambiar según el contexto, tu nivel de cansancio o quién más esté en la llamada. Pero, por lo general, un motivo domina, y ese es el punto perfecto por donde empezar a leer si quieres ahorrar tiempo.

Referencias

[1] Giammarco, E. A., & Vernon, P. A. (2015). Interpersonal reactivity and narcissism: Self-viewing is associated with negative affect rather than reward in highly narcissistic men. Social Neuroscience, 10(4), 382–392. Posteriormente confirmado por una serie de estudios de fMRI que muestran la activación de la corteza cingulada anterior (ACC) dorsal y ventral al mirar el propio rostro. Véase también: Jauk, E., et al. (2017). Self-viewing is associated with negative affect rather than reward in highly narcissistic men. Social Neuroscience, 12(5), 530–541.

[2] Malkin, C. (2015). Rethinking narcissism: The bad—and surprising good—about feeling special. Harper Wave.

[3] Zoom Video Communications. Crecimiento de 10 millones de participantes diarios en reuniones en diciembre de 2019 a 300 millones en abril de 2020 (datos de la empresa).

[4] Bailenson, J. N. (2021). Nonverbal Overload: A Theoretical Argument for the Causes of Zoom Fatigue. Technology, Mind, and Behavior, 2(1).

[5] Duval, S., & Wicklund, R. A. (1972). A Theory of Objective Self-Awareness. Academic Press.

[6] Diener, E., & Wallbom, M. (1976). Effects of self-awareness on antinormative behavior. Journal of Research in Personality, 10(1), 107–111.

[7] Beaman, A. L., Klentz, B., Diener, E., & Svanum, S. (1979). Self-awareness and transgression in children: Two field studies. Journal of Personality and Social Psychology, 37(10), 1835–1846.

[8] Revisión de experimentos con espejos: efecto de los espejos en la conducta alimentaria (Sentyrz & Bushman, 1998; Jami, 2016); intensidad emocional (Scheier & Carver, 1977; Silvia, 2002); autoeficacia durante el esfuerzo físico (Martin Ginis et al., 2003; Katula & McAuley, 2001); y conducta prosocial (Scaffidi Abbate et al., 2006). Se detalla más adelante en el Capítulo 1.