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Fijación en la Autoimagen
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Cuando alguien no logra apartar la mirada de su propia imagen en una videollamada, la primera palabra que viene a la mente es narcisismo. El mítico Narciso contemplaba su reflejo en la quietud de un lago; el digital lo hace en una pantalla. Es una etiqueta tan cómoda que se le cuelga a cualquiera sin pensarlo dos veces. "Caso cerrado: son 150 dólares, por favor", como bromean mis colegas terapeutas ante semejantes simplificaciones.

Este libro mostrará que casi nunca se trata de narcisismo. Incluso en esos raros casos en que los rasgos narcisistas sí intervienen, el mecanismo subyacente es exactamente el opuesto a lo que cabría esperar. Investigaciones con resonancia magnética funcional (fMRI) han revelado que, incluso en personas con altos rasgos narcisistas, mirar su propio rostro no activa el sistema de recompensa del cerebro. En cambio, activa la corteza cingulada anterior, una zona asociada al afecto negativo y al dolor social (la sensación de rechazo social o de amenaza a la autoestima) [1]. No es placer; es ansiedad y tensión. El pensamiento no es "Qué guapo soy", sino más bien "¿Soy lo bastante bueno?". De hecho, la mera preocupación por estar demasiado pendiente del propio reflejo descarta casi por completo el narcisismo clínico clásico [2].

Entonces, ¿de qué se trata? Si no es autoadmiración, ¿qué es exactamente lo que empuja a cientos de millones de personas a mirar fijamente un diminuto rectángulo con su propio rostro en lugar de concentrarse en la persona con quien hablan?

Aquí confluyen tres factores. El primero es evolutivo: durante 300 000 años, los seres humanos se comunicaron sin ver jamás su propio rostro mientras lo hacían. Sencillamente, no tenemos ningún mecanismo cognitivo para ignorar un estímulo tan potente. El segundo es tecnológico: la función de "autoimagen" viene activada por defecto en todas las grandes plataformas de videoconferencia, y la mayoría de los usuarios ni siquiera sabe que se puede desactivar con un par de clics. El tercero es individual: las personas tienen motivos enormemente distintos para mirarse a sí mismas. Algunas vigilan sus expresiones por miedo a parecer "raras". Otras buscan defectos físicos que nunca antes habían notado. Algunas se refugian en la ventana "familiar" para escapar de la presión de los rostros ajenos. Para otras, su propio rostro es sencillamente un distractor irresistible, sobre todo en quienes tienen déficits de atención. Hemos identificado siete de estos motivos, cada uno con su propio mecanismo y su propio camino hacia la solución.

En este libro propongo un nombre para este fenómeno: Fijación en la Autoimagen (FAI). Esta obra explica las causas de la fijación, ayuda a identificar el motivo que la sostiene y ofrece un protocolo de acción. Desactivar la autoimagen cuando no se necesita es una de las herramientas más accesibles de la higiene digital y, en muchos casos, una posible puerta de entrada al tratamiento de una ansiedad más amplia. Es una acción que puedes emprender ahora mismo y que libera de inmediato recursos que hoy se malgastan.

Alexey Sapkin

Psicólogo clínico, docente

Miembro de la Asociación de Psicoterapia Cognitivo-Conductual

y de la Asociación Estadounidense de Psicología